No hay nada que asegure más una desilusión que unas grandes expectativas. Así le pasó a Sabrina en el almuerzo para celebrar el premio que había ganado su amigo.
Sabrina se había esmerado para tener un aspecto deslumbrante. Su vestido negro y dorado, con escote palabra de honor y las sandalias italianas de largo tacón a juego conseguían el efecto que ella pretendía. Su peluquera había hecho una obra de arte en forma de semi-recogido y el conjunto resultaba encantador.
Cuando llegó allí estaba su ex. Tan perfecto como siempre, aunque no precisamente sexy, con su traje chaqueta de verano. No hubo mariposas, solo un abrazo afectuoso.
Enseguida localizó al que supuso era el hombre que la bruja había pronosticado, puesto que era el único al que no conocía. Era bajito, con melenilla ondulada y hippie. Si, tenía unos bonitos ojos azules, pero nada más. Durante el catering tuvo ocasión de conversar con él, pero aquí ni siquiera hubo polillas en el estómago.
Además, Sabrina se sentía responsable de su ex, así que se pasó todo el tiempo con él, charlando y bailando, y se divirtió, por supuesto, pero al mismo tiempo, había ese toque de melancolía. Su ex no podía disimular su admiración por ella. Y no solo eso, todos en la fiesta se sentían en la obligación de decirle a Sabrina lo bueno que era su ex, con miradas muy elocuentes.
En más de una ocasión su ex se acercó a decirle lo preciosa que estaba y que se había convertido en una gran mujer, en una encantadora señorita. Esas palabras, lejos de reconfortarla, se le clavaban como cuchillos en el alma.
¿Se estaba equivocando? ¿Debería reaccionar ante lo que para los demás era algo tan evidente? Pero en medio del caos, su corazón hablaba con voz alta y clara: no era AMOR.
Tendría que seguir sola hasta encontrar aquello con lo que soñaba, su zapato perfecto, el hombre que hiciera brillar sus ojos de felicidad al pensar en una vida en común con él.
