Carla, Mauri y Sabrina decidieron salir a cenar por la ciudad y tomar unas copas en los bares más selectos de la capital. Las tres amigas se vistieron sus mejores galas y se pusieron el maquillaje de guerra para salir a batallar.
Sabrina estaba especialmente motivada, y es que tenía un importante objetivo: conseguir un acompañante para el próximo evento lúdico-festivo de su agenda, una fiesta ibicenca playera.
Escogieron un moderno y concurrido restaurante francés: Le tosté. Tras un poco de foie aux membrille et creme du pomme, tostés de fromages aux miel et confiture, y como no, la famosa jambon salade, siguieron con los postres, sorbete de mango con coulis de frambuesa y mousse chaud et froid de chocolate.
Llegó el momento de dejarse ver por los locales de moda. Primero la visita de rigor a la terraza del hotel Mitjana, donde degustar un delicioso Martini dry agitado no removido. El atractivo camarero no dudó a la hora de invitarlas a la segunda copa y Carla estuvo a punto de pedirle que fuera su acompañante para la fiesta ibicenca. También descartaron a Adrien Brody, ya que aunque en la terraza estaba solo, no dudaban de que la Pataky no andaría lejos y querían evitar cualquier enfrentamiento.
Visto lo visto decidieron cambiar de sitio, y escogieron el CuarentaGradosAlaSombra, con decoración tropical y un humo denso, que las hizo huir del lugar. Se dirigían a la discoteca por excelencia de los últimos tiempos, el Touch-it, cuando al pasar por delante del Buddha-Bar, fueron testigos de algo que solo ocurre una vez en la vida de una mujer: un robusto equipo de jugadores de waterpolo estaba entrando en el bar.
Y allá dentro se fueron. Las tres estaban extasiadas. No podían creerlo. Les costaba decidir cuál de ellos era el más alto, el más fuerte o el más guapo. Cuando creían estar enamoradas de Mr. Rubio-Gigante, aparecía Mr. Camiseta-a-Rayas, o se cruzaba Mr. Brazos-de-hierro.
Qué espaldas! Aquello no eran espaldas, eran pilares de hormigón armado. Sabrina pidió a Carla que la pellizcara puesto que solo podía tratarse de un sueño. Enseguida Carla, con su aventajada estatura y su penetrante mirada, captó la atención de uno de ellos: Leonard. Él se acercó e inició una conversación intrascendente. Ya estaban dentro, pensaron ellas.
Uno a uno, fueron conociendo a los más de veinte jugadores. Efectivamente se trataba de un equipo de waterpolistas alemanes, que acababan de ganar un torneo internacional. El paraíso de cualquier mujer, más de veinte hombres guapos, altos, fuertes y solos.
El problema es que no eran las únicas absortas con todo el potencial, sino que la mensajería móvil hacía milagros y en apenas media hora, el lugar estaba repleto de mujeres babeantes haciéndose fotos y acosando a esos dioses de acero. Como resultado, poco a poco los muchachos fueron emigrando a tierras menos hostiles. Cuando solo quedaron el Míster y los chicos de las toallas, Carla, Mauri y Sabrina decidieron que era momento de marchar.
Poco importaba ya el destino. Aquella noche habían hecho realidad una de sus fantasías.
