La fiesta ibicenca

Poco antes de emprender rumbo a Cuba, Sabrina recibió la visita de dos amigas muy sofisticadas, a las que conoció durante su estancia en París.

Con objeto de deslumbrarlas, pidió ayuda a su amiga Carla, experta en relaciones públicas, para organizar un evento lúdico en una exquisita cala de Ibiza, a la luz de la luna llena.

Carla tiró de agenda para convocar a su variado grupo de amigos (Tony, Eddie, Mark, Sheryl, Penny, etc), mientras que Sabrina hizo una llamada colectiva en su entorno laboral, con un doble objetivo, motivar la asistencia masiva y labrarse cierta fama social en ese entorno hostil y arraigadamente masculino.

Entre ambas consiguieron congregar a más de 70 personas, lo que podía considerarse todo un éxito. Sabrina, que había estado preparando el viaje a Cuba, fue la encargada de preparar los mojitos, que conquistaron a todos los asistentes. Otros invitados prepararon exóticos cócteles con mayor o menor acierto. La comida era deliciosa y abundante. El ambiente de excitación era palpable.

A medida que las horas transcurrían, las escenas de entusiasmo y fogosidad iban “in crescendo”. Todo el mundo estaba por la labor de relacionarse, guiados por el ejemplo de las anfitrionas. Carla y Sabrina adoraban mezclarse entre la multitud y dedicarles amplias sonrisas y agradables palabras. Mauri, en cambio, haciendo gala de ese aire tímido y misterioso que la caracterizaba, apenas se dejo ver, dejando generosamente que sus amigas fueran el centro de atención.

Eddie había preparado antorchas que rodeaban la fiesta en una especie de círculo mágico. La comida había sido distribuida en mesas en torno a las cuales se sucedía un desfile continuado de hambrientos comensales. Los mojitos se acabaron enseguida, pero los adoradores de elixires etílicos pronto encontraron sustituto entre las cuantiosas botellas de alcohol. Las risas y voces se extendían por toda la cala.

Adentrada la noche, los más osados se atrevieron con un baño nocturno en pleno mediterráneo. Sabrina se encontraba entre ellos, más para aplacar la creciente ebriedad que para refrescarse.

Poco a poco el fragor de la cruzada festiva fue decreciendo, y mientras algunos abandonaban, exhaustos, el campo de batalla, otros, los incombustibles, aguantaron hasta el amanecer, estrechando el círculo hasta convertirse en una pequeña comunidad tertuliana, donde bromas y chascarrillos ayudaban a espantar el sueño propio de esas horas tras una larga noche. Sabrina, una vez más, estaba allí.

El amanecer les sorprendió apurando los restos de sus copas, y decidieron que había llegado el momento de dar por terminada la fiesta.

Ni que decir tiene que las amigas parisinas de Sabrina quedaron encantadas. Todo un éxito, que permanecería para siempre grabado en la memoria de los que allí se dieron cita.

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Publicado en on 27-agosto-2008 at 10:47 am  Dejar un comentario  

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