Este título de la canción de “El Boss” reflejaría el estado de ánimo de Carla.
Era posible. Existía una tierra de sueños y esperanzas. Una tierra donde creer en el amor. Una tierra donde era posible dejarse llevar y experimentar sensaciones largo tiempo olvidadas. Una tierra donde renacer en la espontaneidad de la ternura y la confianza.
Hasta esa tierra había llegado de la mano de Jean Loui. Ese joven que había deshecho los prejuicios de Carla a base de detalles conmovedores. Un alma pura que había encontrado en ella su paraíso anhelado. El poder de seducción de JeLou estaba en el deseo de complacerla, de sorprenderla cada día, de hacer que ella se sintiese como una adolescente. Y era tan arrebatadoramente galante mostrando además una seguridad e iniciativa cautivadoras, que a veces Carla sentía escalofríos.
Estaba ilusionada. Y era correspondida con más ilusión. Y la ilusión hacía que todo fuera especial. Y ese algo especial era lo que se esforzaban por mantener.
Carla contaba con un hada madrina: Sabrina, la reina de los detalles. Sabrina siempre destacó por su creatividad, y en ella se apoyaba Carla para preparar veladas románticas, como la que pronto se llevaría a cabo. Una noche inolvidable, en la que la magia estaría presente y el erotismo jugaría con la ternura entre las sábanas.
Sí señor, era posible. Existía esa tierra de sueños y esperanzas.
